Que ver en Chiapas (México)

Se trata de una de las 32 entidades federativas de México y sin duda una de las más carismáticas. Situada al suroeste y cuya capital es Tuxtla Gutiérrez, es una parada obligada para todo aquel que decide a aventurarse más allá de las sobreexplotadas playas de México.

Formó parte de la capitanía general de Guatemala hasta que se independizó y pasó a formar parte del Primer Imperio Mexicano. Al disolverse éste fue la única provincia centroamericana que decidió permanecer unida a México. Posteriormente, durante los siglos XX-XIX se acrecentaron las desigualdades sociales y los abusos contra los pueblos indígenas, lo que desembocó en el mediático levantamiento zapatista del 1 de Enero de 1994 a manos del EZLN.

A pesar de que esta región se hizo mundialmente conocida y aumentó exponencialmente su reclamo turístico por lo acontecido en aquel 1 de Enero, no conviene olvidar que cuenta con zonas arqueológicas -entre ellas Palenque- e importantes atractivos turísticos tales como: San Cristobal de las casas, San Juan Chamula, Zinacantán, El cañon del sumidero o las cascadas de Agua Azul; que la convierten en visita obligada si se pretende conocer a fondo el país.

Chiapas fue nuestra puerta de entrada a México.

ENTRADA POR EL PASO FRONTERIZO DE LA MESILLA

Salimos a primera hora de la mañana de la terminal de autobuses de Quezaltenango (Guatemala) con dirección al pueblo fronterizo de La Mesilla. A las 2h hicimos una parada en Huehuetenango para cambiar a otro bus que nos llevaría tras 3 horas más hasta nuestro destino. Nada más salir de la terminal de “Huehue” contemplamos como, en cada parada/semáforo, uno tras otro iban subiendo al autobús vendedores de todo tipo. Además de las clásicas manías -frutos secos- y bebidas, nos sorprendió como, por el módico precio de 10Q, nos llegaron a ofrecer: libros religiosos, complejos vitamínicos y ¡¡hasta desparasitantes!!

La Mesilla es un pueblo pequeño, dejémoslo en casi una calle, por lo que únicamente nos llevó 10 minutos recorrer el camino de la terminal al puesto fronterizo. Fruto de la inexperiencia cruzando fronteras a pie o de que el hombre al que preguntamos donde ponían el sello de salida de Guatemala no nos debió de entender muy bien, nos adentramos en México con el pasaporte sin sellar. Por lo que había leído en internet el puesto de inmigración de México no estaba lejos de la frontera, cosa que resultó ser totalmente falsa. Preguntamos a un camionero y tras decirnos que estaba a 3km amablemente nos dio 10 pesos para que fuéramos en taxi, ya que todavía no habíamos conseguido cambiar los quetzales que llevábamos encima. Una vez allí, nos enteramos que nos habíamos pasado el puesto de inmigración de Guatemala; con el rabo entre las piernas tuvimos que regresar a la frontera a que nos sellaran la salida. En frente de inmigración de México se suponía que habían aparcados autobuses que iban directos a San Cristóbal, pero siendo que ya era un poco tarde, nos dijeron que la única opción era coger una van a Comitán de Domínguez y de allí otra a San Cristobal.

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SAN CRISTOBAL Y EL CAÑON DEL SUMIDERO

En el segundo minibús conocimos a una pareja muy maja, un austriaco y una alemana, con los que quedamos para desayunar al día siguiente e intentar ir al Cañón del Sumidero. A nuestra llegada a la ciudad nos dirigimos al Café Bar La Revolución –un ambiente genial y música en directo- donde habíamos quedado con Fer un chico de Coachsurfing que nos alojó los siguientes 2 días. Ya en el centro, nos cautivó el encanto del Mercado nocturno de la Plaza De La Paz con sus precios imbatibles y aprovechamos para cenar algo de repostería en la Panadería Doña Isabel, que cuenta con varias sucursales a lo largo de toda la ciudad.

El Cañón del Sumidero se encuentra en el municipio de Chiapa de Corzo y tiene una altura de algo más de 1000m sobre el nivel del agua. Sus paredes calcáreas las recorre el rio Grijalva hasta la “presa Chicoasén” formando lo que es considerado como uno de los cañones más espectaculares de América.

Fer nos recomendó que cogiéramos un tour guiado en una agencia, ya que ir por nuestra cuenta nos iba a costar incluso más y el colectivo dejaba en el pueblo de Chiapa de Corzo, desde donde había que andar un buen rato hasta el embarcadero. El precio después de regatear entre agencias fue de 200 pesos.

El trayecto duró unas 2h y media, durante las cuales pudimos avistar pelicanos, zopilotes, garzas grises y blancas; y sobre todo cocodrilos. Totalmente recomendable.

De regreso a San Cristóbal pasamos la tarde perdiéndonos por sus calles y visitando sus mercados, para más tarde ver atardecer en la Iglesia de Guadalupe desde donde se divisa toda la Ciudad.

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SAN JUAN CHAMULA, ZINACANTAN y CIDECI

Al día siguiente Fer nos acompañó hasta San Juan Chamula. Con solo pagar 20 pesos nos adentramos en un lugar único, los rituales ancestrales que se llevan a cabo en la iglesia de Chamula no es algo que se olvide fácilmente. Está prohibido fotografiar el interior ya que los habitantes de este singular pueblo creen que con una fotografía les estas arrebatando parte de su alma; en caso de ser descubierto te pueden incluso llegar a romper la cámara. Las figuras de los santos –con rasgos indígenas- tienen colgados collares frutales y espejos, debido a la creencia de que sirven para reflejar la maldad. En el suelo se encuentran, adheridas con su propia parafina, un sinfín de velas de colores que los practicantes usan para realizar sus oraciones a la vez que ingieren bebidas gaseosas que les ayudan a eructar y de esta forma purificar su alma. Todos estos rituales, mezcla de la evangelización con las creencias prehispánicas, culminan con el sacrificio de algún animal –sobre todo gallinas- a manos de una curandera para invocar la curación de algún familiar o amigo.

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Todavía estupefactos por lo que habíamos presenciado nos acercamos al pueblo de Zinacantan. Allí Fer nos llevó a una tienda donde nos dejaron probar y nos enseñaron como tejían sus trajes tradicionales. Además de eso nos invitaron a probar su café y chocolate artesanal, realmente delicioso.

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La última parada del día fue en el CIDECI-La Universidad de la tierra, una escuela donde colaboraba Viri, una amiga de Fer, y que sigue la doctrina zapatista teniendo como objetivo que las personas aprendan un oficio que puedan enseñar y desempeñar en su comunidad sin depender de un patrón. Fer también nos habló de las Cascadas de Roberto Barrios, mucho menos masificadas que las de Agua Azul y cuyo caracol cercano se puede visitar; algo que nos hubiera encantado hacer de haber tenido algo más de tiempo.

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PALENQUE

Esa misma tarde al regresar a San Cristóbal cogimos un autobús a Palenque. Llegamos con retraso, rozando la medianoche, ya que la carretera era un infierno de curvas insufrible, por lo que nos tuvimos que apresurar en subirnos a un taxi que nos acercara a Panchán -una zona de hostales en medio de la selva muy próxima al sitio arqueológico-. Allí nos alojamos en el Mono Blanco, el único sitio que tenía disponibilidad; cero recomendable. Dejamos las mochilas y fuimos a cenar al único restaurante de la zona: Don Mucho´s, restaurante especializado en comida italiana con música en vivo. Aun recordamos los calzones que nos comimos allí, de los mejores que he probado en mi vida…

Palenque es uno de los yacimientos mayas más sorprendentes de todo México, fue descubierta hasta 2005 y abarca unos 2,5km2, a pesar de que solo se ha explorado un 2% de su superficie. La Unesco lo declaró Patrimonio de la humanidad en 1987. Con el pago de la entrada se incluye el acceso al museo del sitio arqueológico que alberga la impresionante tumba de Pakal -gobernante de Palenque en el siglo VII- que fue encontrada en el Templo de las Inscripciones.

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La mañana siguiente madrugamos bastante para desayunar y caminar los 3km que nos separaban de las ruinas. Había colectivos que salían cada poco hacia allí pero preferimos caminar y despejarnos en el trayecto. El precio de la entrada fue de 60 pesos para acceder al recinto del parque arqueológico y 40 para entrar en las ruinas. Disfrutamos mucho de la visita y especialmente del museo, gracias al cual nos sumergimos en la historia de Palenque y en el apasionante hallazgo del sarcófago de Pakal.       

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Una vez acabada la visita, una amable familia de mexicanos se ofreció a llevarnos hasta la ciudad en su coche. La parte graciosa es que éramos 7 personas en un turismo: el conductor, dos en el asiento del copiloto, dos niños uno encima del otro y nosotros 2 super anchos XD.

Paseamos y cenamos por las calles de Palenque –no especialmente bonitas- y cogimos un autobús nocturno hacia Campeche (Yucatán).

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